Mariano convive con fantasmas

La sangrante historia de un chico del oeste que sólo quiso dos cosas en la vida: el amor y el trabajo. Cómo perdió todo, hasta a sí mismo, en dos pinceladas. Él está ahí, pero todos lo extrañan. La enfermedad en la familia y la eterna desgracia. Estar en Cromañón y en la Tragedia de Once y ser una misma persona.

Secuencia repetida

Por segunda vez en su vida sintió a la muerte demasiado cerca, conquistando la escena, saliendo triunfal. Alrededor, sus adeptos: los muertos.

Mariano Valentino salió ese caluroso viernes de febrero de su casa de Morón con los rasgos de la ilusión en su rostro. Sonrisa, ansiedad y apuro, entre otras. Se preparó para algo importante, se vistió bien. En su casa el trabajo es parte inseparable de la cultura familiar. El esfuerzo, la constancia y la responsabilidad son componentes muy importantes. Tiene 25 años y va a una entrevista para aplicar a un puesto en una empresa de limpieza. Queda en el centro, por eso le pide a su papá, Pascual, que lo acompañe. Pascual trabajó toda su vida en Capital Federal y sabe cómo manejarse. Se siente orgulloso de que su hijo le pida ese favor. Pero Pascual piensa que hace rato Mariano no es el mismo. Hace casi ocho años que es más triste y oscuro. De todos modos, ese viernes había un objetivo firme en la cabeza del joven: con suerte, si consigue el trabajo, le propondrá casamiento a Verónica, su novia.

DSC_0043

Mariano Valentino.

La vida de Mariano hace tiempo se transformó en un calvario difícil de soportar. A simple vista se trata de un joven de estatura alta (casi un metro con ochenta centímetros, pero no llega a tanto), pelo corto y oscuro, con vestimenta a la moda, alguna que otra marca en su piel de origen italiano, varios tatuajes y una apariencia general que, a grandes rasgos, delata su edad. Pero por dentro es otra cosa: un llanto eterno, un quejido insoportable que surge de las heridas abiertas que le dejó su pasado.

Estar en la masacre de Cromañón no pasa desapercibido en la estructura de la personalidad de alguien. Pascual y su mujer, Sinetta Achillini (ambos oriundos de Calabria, Italia) sufrieron mucho por Mariano desde que casi muere asfixiado por el incendio provocado por una irresponsable bengala en una noche de rock hace más de ocho años.

DSC_0034

Mariano, Sinetta y Pascual en su casa de Morón.

Sinetta convive hace años con el cáncer de mama. Este año ya sufrió dos operaciones, y van tres en total. Se enteró de su condición un tiempo después de casi perder a Mariano en el recital de Callejeros. “Terminó lo de Cromañón y mi vieja arrancó con el tema del cáncer”, dice Mariano en su humilde casa de barrio, mientras se termina un cigarrillo. Él lo relaciona directamente con el sufrimiento de su madre. Cree que fue culpa de esa noche que ella empezó a sentirse mal. Como un disparador perfecto, hecho a medida. Mariano habla de la enfermedad de su madre como si se tratara de una ínfima lágrima más en su historial. “La vida es como el Super Mario, cada vez que te levantás, empieza todo de vuelta”. Sobrevivir ante lo que muchos murieron debe dar esa sensación.

Terreno maldito

En el fondo de la casa, la hermana menor de Mariano, Karina, trabaja con la máquina de coser fabricando ropa para bebés. Es la changa de la familia. El sonido del perforar de la aguja interminables veces contra la tela genera en el ambiente un movimiento constante. Pascual mira la televisión en la cocina contigua a la sala de estar en donde su hijo rememora frente a quien suscribe.

Pero volvamos a la primera escena. Mariano y Pascual se subieron aquella mañana del 24 de febrero de 2012 al ferrocarril Sarmiento en la estación Morón, con destino a Once. Mariano le sugirió a su padre subirse en el primer vagón, pero Pascual insistió en elegir el tercero. “No me gusta viajar en el furgón, que es el segundo, entonces fuimos más atrás”, cuenta Pascual. Varios minutos más tarde, llegando al final del recorrido, tendrá esa sensación particular de que algo malo está a punto de pasar, y acertaría. Los frenos del tren no funcionarán y la formación conducida por Marcos Antonio Córdoba se estrellará contra la estructura de la estación Once. Morirán 51 personas. Pero lo más probable es que Pascual no piense en su propia vida mientras se encuentre apretado entre personas vivas, muertas y desmayadas. Es muy factible que su mente esté concentrada en torno a Mariano: aquel único hijo varón que, con tan solo 25 años, nacerá por tercera vez recostado en el andén de la estación Once, sin entender por qué la vida le pega tanto y sin entender por qué, si es más fácil matarlo, le concede una vida llena de horribles recuerdos.

“Antes de sufrir las dos masacres, yo era un pibe común, tenía una banda de rock, tocaba la batería. Mi cuñado, Javier, me hizo escuchar el primer tema de Callejeros cuando todavía se llamaban Aguas Verdes. Yo tenía 16 años, nunca había ido a ver una banda en vivo y tampoco era un chico que viviera de noche. Siempre fui un pibe de estar en casa, me gusta estar con mi familia. En Cromañón fue la primera y única vez que fui a verlos a un lugar cerrado. Ese mismo día había sacado la entrada, estaba re chocho”, recuerda Mariano con frases entrecortadas. Durante la entrevista fumará mucho, un cigarrillo atrás de otro. Será que tiene experiencia en gambetear a la muerte.

“Hasta acá llegué, ya está”

Rápidamente se sumerge en el peor momento de su vida y, en pocas líneas, describe lo que hasta hoy no se puede sacar de la cabeza, eso que no lo deja dormir ni en invierno si no prende un ventilador para sentir aire fresco en la cara. Ese momento que hizo que tuviera que ir a psicólogos, medicarse y aprender técnicas para contrarrestar los ataques de pánico que tendría desde ese momento en adelante: “Arrancamos a las seis de la tarde, íbamos caminando mi cuñado, el hermano de mi cuñado, el otro hermano de él, un amigo de él, una piba y yo. Fuimos para allá. Viajamos en tren (NdelR: con el mismo recorrido y destino que aquel que chocará en 2012). A las diez y media tocaba Callejeros. Entramos y lo primero que hicimos fue ir a los baños, no sé para qué porque si ni agua había. Volvimos abajo y nos metimos en el medio, pero estábamos tranqui. Para peor, yo estaba a cococho de mi cuñado, o sea que estaba más cerca del techo. Empezaron a tocar y cuando arrancó a tocar el saxofonista, las candelas de colores chocaron en el techo y se empezaron a quemar de a poquito la media sombra y la goma espuma. Veía cómo se caían los pedazos. Empujando y pisando, no sé cómo en un momento, a punto de salir para afuera, se me cae mi cuñado. Lo logro sacar, no sé cómo porque es muy grande, y a mí el movimiento de la gente me vuelve a meter para adentro. Llego al medio del salón otra vez, quiero volver a salir y la misma gente me estampa contra un paredón. Me quedé ahí y no podía respirar. Pensé: ‘Hasta acá llegué, ya está’”.

En diez líneas Mariano reescribió en el aire que llenaba el espacio de la sala de estar de su casa cómo esa noche de diciembre de 2004 pensó que se moría. Se lo creyó y estaba asombrosamente preparado para eso que ni quien escribe ni quien lee seguramente podría comenzar a asimilar. La parte más real e inevitable de la vida de cualquiera: la muerte.

El reloj y la brújula

Sinetta se desesperaba con cada segundo. Su hijo no volvía. Luego de hacer sus chequeos de rutina en la clínica esa mañana, volvió a su casa para esperar a los dos hombres de su vida. Con suerte, su hijo tendría éxito en la entrevista y podría comenzar a trabajar para ayudar un poco en la casa, construir su propia economía y recorrer el camino hacia una independencia que, desde Cromañón, le había resultado difícil. Se había enterado de la tragedia en la estación de Once por la televisión. Ocho años atrás, también le había informado del incendio en el boliche de Once.

-“¿Y? ¿Lo llamaste a Mariano de vuelta?, preguntó mirando a Karina, su hija menor. Mariano tiene tres hermanas, Karina, de 36 años, Marcela, de 42 y Norma, de 46.

-Si, como cuarenta veces ya. Suena, pero no me atiende.

-¿Nos quedó alguna clínica por llamar? ¿No se habrán olvidado de él? Había tantos…

Pascual mira y escucha de costado la conversación. Son algo así como las ocho de la noche. Estuvo tirado en el andén de la estación Once observando cómo los ineficientes rescatistas intentaban retirar los cuerpos –muertos y heridos- que habían quedado atrapados dentro de la formación del Ferrocarril Sarmiento durante eternos minutos hasta que fue trasladado al Hospital Durand. Allí le dieron  unas radiografías y suero. A los pocos minutos, le dieron el alta y un ibuprofeno para el insoportable dolor que sentía en la pierna, en la cadera y en el hombro. Le dijeron que era artrosis. Pascual hoy está retirado, pero no podría trabajar si quisiera. Su cuerpo lo castiga por los golpes que le dio. Hace varios años, mientras limpiaba una máquina de la envasadora donde trabajaba, ésta le cortó dos dedos de una de sus manos.

“Yo jugaba todas las semanas al fútbol con amigos y caminaba más de veinte cuadras por día.”, dirá Pascual más de un año después, mientras hace fuerza para no perder el equilibrio por el dolor, apoyado contra una pared de su casa. “Ese día, en el hospital, empecé a tener artrosis, rarísimo”, dice con tono sarcástico. Pascual es un hombre grande, retirado del trabajo a la fuerza, lleno de canas pero con un carácter poco apacible. Durante la tarde de marzo en la que recordarán estas historias, se encenderá varias veces, pero no con la suerte que le ha tocado, eso parece ser algo de todos los días para él, y lo es.

DSC_0047

Pascual, el padre de Mariano.

Pero Mariano no estaba en ninguna clínica cuando su familia desgastaba los botones del teléfono. De hecho, su celular funcionaba perfectamente, lo que no funcionaba del todo bien era su noción de la realidad. El shock sufrido tras el choque del tren no lo dejaba asimilar ni tiempo ni espacio. Había estado junto a su padre tirado en el andén de la estación Once durante una vida entera, hasta que los separaron. Mientras que Pascual fue trasladado al Hospital Durand, a él lo llevaron al Tornú, en el barrio porteño de Villa Ortuzar. Tanto tiempo estuvo recostado en el piso que tuvo tiempo de filmar con su celular el paisaje moribundo y con la inconfundible marca de agua de la corrupción en la imagen.  “Después de que me dan el alta en el hospital, pregunté qué colectivo me llevaba a Once y usé las monedas que tenía. De ahí me tomé otro que iba hasta un Jumbo y después no me acuerdo más nada. Me desvanecí en el fondo del micro. Pasamos peajes y otras cosas. El chofer me despertó al final del recorrido, le pregunté dónde estábamos, era una ruta. Empecé a caminar y caminar. Preguntaba ‘cuánto hasta Morón’ y me decían que faltaban varios kilómetros. Me sonaba el teléfono y yo no lo escuchaba, era mi familia. Cada estación de servicio que pasaba, entraba y me mojaba la cabeza para seguir caminando. No pedía ayuda porque pensaba que me iban a tomar de chorro. Todo por la ruta, costeando.  Eran como las siete de la tarde cuando le conté a un tipo que me prestó plata para tomarme el colectivo a Morón”.

La humildad de un joven laburante de Morón no le dejaba preguntar cómo llegar a su casa por miedo a que, quien recibiera el interrogante, pensara que era un ladrón. Así se está. Mariano piensa, mientras se recuesta en el asiento de atrás de aquel remise, que lo que no te mata, te hace más fuerte pero que él, de todas formas, hubiese querido que sus planes de esa mañana salieran mejor. Por ahora es optimista, seguramente alguien lo contrate. Pero no. Durante el próximo año entero, y hasta hoy,  no tendrá suerte.

“Nadie nos cuidó”

“Lo que más me daría tranquilidad sería laburar o una ayuda del gobierno, o algo. No me importa de dónde. Ellos saben quiénes somos, estamos en todos lados. No puede ser que todos los laburos a los que aplico, la mitad me dicen que se enteraron que había estado en las tragedias y que después me llaman. Pero claro, nunca me llaman”, confiesa Mariano mientras mira de reojo a su padre. “A él le dieron un subsidio de 600 pesos. Hoy en día esa guita alcanza justo para comprar la pastilla contra los ataques de pánico. En 2004 costaban 150. Hoy cuestan el cuádruple. Lo más importante es que consiga un trabajo”, replica Pascual. “No es mucho pedir, ¿no?”, pregunta Mariano. “Yo no fui a la marcha de cuando se cumplió un año y no sigo el trámite judicial, solo quiero trabajar. Igual creo que nadie nos cuidó.”

Mariano confesará más adelante en la charla que, de las dos tragedias que vivió, la de Cromañón fue la peor: “Yo me acuerdo patente todo. De los nueve extractores que había, andaba uno. Las ventanas, tapadas con ladrillos. Puertitas, nada. El pecho lo tenía todo morado al otro día. A veces parece que escupo brea cuando me siento mal de la sinusitis que tengo”. Mariano convive con fantasmas de verdad.

“A la noche se despertaba llorando”, recuerda Sinetta, quien tiene un cáncer vigente del cual preocuparse.

Mientras la charla se va extinguiendo, los tres Valentino muestran sus cicatrices emocionales. Están cortados, rasgados. Los padres de Mariano están desesperados, aunque no lo demuestren. Quieren que la vida se arregle para su hijo, ese pibe que no hizo nada para estar así.

“Yo me extraño mucho a mí mismo”, dispara Mariano. “Extraño cómo era yo antes. Era muy chico cuando pasó lo de Cromañón. Lo bueno es que salgo menos y mi mamá está más tranquila a la noche. No tiene que preocuparse porque vuelva el hijo. Con mis amigos del barrio no me junto más, están robando y con la droga. Yo eso no quiero. Fue todo muy difícil para mí, fue como estar en dos guerras muy frías. Recuperarme me costó meses de encierro en mi cuarto, sin salir, en la oscuridad. Las imágenes de las dos tragedias son parecidas, se te quedan en la cabeza y a veces no querés acordarte, pero no la podés controlar, te controla a vos.”

Mariano quería un trabajo para sentirse seguro y así pedirle casamiento a su novia y compañera, Verónica. “Ella me banca en todo”, dirá. Pero no pudo, no lo dejaron.

Mariano junto a su novia, Verónica.

Los hechos

Por el incendio en Cromañón ocurrido el 30 de diciembre de 2004 fueron condenados el gerenciador del local, Omar Chabán, el ex manager de la banda Callejeros, Diego Marcelo Argañaraz, todos los integrantes del grupo de rock (Patricio Fontanet, Eduardo Arturo Vázquez, Christian Eleazar Torrejón, Juan Alberto Carbone, Maximiliano Djerfy y Elio Rodrigo Delgado), el encargado de seguridad de Cromañón, Raúl Alcides Villareal, el escenógrafo del grupo, Daniel Horacio Cardell, el ex subcomisario, Carlos Rubén Díaz, la ex subsecretaria de Control Comunal de la Ciudad de Buenos Aires, Gabriela Fiszbin, el ex director general de Fiscalización y Control, Gustavo Juan Torres y la ex directora general adjunta de la Dirección General de Fiscalización y Control de la Ciudad, Ana María Fernández. Todos con diferentes penas.

Fallo completo 10/2012

Rectificación de condenas 12/2012

Por la Tragedia de Once irán a juicio oral los ex secretarios de Transporte de la Nación, Ricardo Jaime y Juan Pablo Schiavi, el maquinista de la formación que impactó contra la estación Once el 22 de febrero de 2012, Marcos Antonio Córdoba, los ex jefes de la Comisión Nacional de Regulación del Transporte, Eduardo Sícaro y Pedro Ochoa Romero, los empresarios Sergio y Mario Cirigliano, el director de Cometrans, Marcelo Calderón, el ex director de TBA, Carlo Michele Ferrari, el ex subsecretario de Transporte Ferroviario, Antonio Guillermo Luna y los ex directivos de TBA, Alberto de los Reyes, Carlos Esteban Pont Verges, Carlos Alberto Lluch, Alejandro Rubén Lopardo y Alberto Gariboglio.

Fallo de la Cámara de Casación Penal

Fallo que niega la falta de mérito de Mario Cirigliano

Acerca de Juan Manuel Fontán
Periodista, productor. Mi especializad es la radiofonía. Mi pasión son las historias. Gamer empedernido.

2 Responses to Mariano convive con fantasmas

  1. H. Rago says:

    Una dolorosa maravilla esta nota. El dolor de este pobre pibe sin suerte me va a acompañar un rato largo. Solo sé es humano cuando nos duele el dolor ajeno.

    Juan amigo, mis más sinceras felicitaciones.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: